Capítulo XIV
La guerra no es la solución. El llanto de
los lirios.
Estamos viviendo tiempos convulsos, con explosiones de
guerra por doquier. Los poderosos quieren ser más poderosos, los señores de la
guerra se alían con los del poder, y la historia se repite. El domingo estuve
viendo la película Núrenberg,
que sin hacer de espóiler trata, de la Segunda Guerra Mundial cuando detienen
presos a los nazis de máximo poder, en concreto al segundo de Hitler, Hermann
Göring. Le encargan al psiquiatra Douglas Kelley que lo evalúen mentalmente, para
determinar si están en condiciones de ser juzgado. Buscaban encontrar locura
que explicase sus crímenes.
Pero Kelley concluye —en
contraposición de su colega Gustave Gilvert—: Que el problema no era que los líderes
nazis fueran monstruos clínicamente locos, no. Consideraba que eran seres
funcionales, inteligentes y socialmente competentes. Y en el caso de Göring, no
era una persona delirante incapaz de no entender la realidad, sino una persona
muy inteligente, narcisista, que sabía muy bien como funcionaba el poder y la
persuasión de las masas. Lo que llevo a Kelly a unas afirmaciones perturbadoras
para la época y que se consideraron subversivas. Él advertía de que los
mecanismos humanos que hicieron posible el nazismo, —obediencia a la autoridad,
conformismo, propaganda, deshumanización del adversario, miedo, ambición, tribalismo
político— no era exclusivo de los alemanes, podría ocurrir en cualquier otra
cultura y país. La verdad es que Kelly tenía mucha razón, a las pruebas
actuales nos remitimos, estamos en esos inicios de permitir que este tipo de
personas campen a sus anchas por todo el mundo con sus atrocidades. Amigos
románticos frenemos las guerras y a sus impulsores, con ellas no hay buenos, ni
malos, solo personas sometidas que sufren bajo el yugo de los poderosos, que
les hacen creer en mentiras e irrealidades. No dejemos que nos atemoricen. Las
guerras no son la solución, son la destrucción.

El llanto de los lirios.
Cuando los lirios lloraron
se hizo la noche.
Ya nada sería igual.
Ni la armonía en
el universo,
ni las amistades,
ni la ilusión.
Había llegado el
momento de la zozobra,
de la desilusión,
del no saber para
qué ni por qué.
Era ese sumidero
de sinsentido
en el que se estaba
convirtiendo el mundo.
Así los lirios
lloraban.
Los lirios querían
ver el renacer de un sol
que iluminará un
nuevo destino.
Pero el mundo
seguía avanzando hacia el caos,
hacia el no saber,
hacia los falsos
profetas;
desafiando las
leyes naturales,
desafiando el
sentido del nacer.
Y así,
en ese camino
hacia la nada,
lo que no sabían
es que alguien sí lo sabía:
que los lirios,
los lirios que
lloraban,
serían la promesa
de ese mundo que ansiaba la esperanza.
Con ellos la luz
volvería.
Con ellos el mundo
renacería.
Y los grandes
ególatras desaparecerían.
Betty Ryan
