Capítulo XII
Sumidos
en la Ignorancia.
¿Cómo
ha ido el verano mis queridos amigos románticos? Espero hayáis podido
desconectar de los males del mundo, algo que en la actualidad está resultando
muy difícil, o al menos hayáis podido disfrutar de unos días de vacaciones,
para retomar esos ánimos románticos que quedan destruidos con el dolor ajeno y
propio. En fin, el inicio del curso no está nada fácil, pero siempre nos
podemos reconfortar pensando en la naturaleza y en sus espectáculos de luz,
agua, montañas, playas, lo que aún queda a salvo de nuestra destrucción. Y es
que la ignorancia es muy mala, pero aún lo es más cuando se pone de moda, y
parece ser que es el tiempo de los ignorantes o eso nos quieren hacer creer los
dirigentes mundiales que no paran de lanzar absurdos, que colectivos muy bien
constituidos van lanzando a través de las redes sociales para de alguna forma
someter y manipular a la población. En fin, que en vez de estar en pleno siglo
XXI, parece que estemos en el Medioevo. Pero eso sí, los románticos nunca nos
rendimos y siempre reivindicaremos el derecho a ser libres, a pensar, a soñar,
a amar, a no dejarnos manipular y a la intelectualidad. Antes, tampoco hace
muchos años había mucha gente analfabeta y no le quedaba más remedio que creer
lo que les contaban, no tenían recursos para acceder a la educación. En la
actualidad, que al menos en el primer mundo ya no hay prácticamente
analfabetismo, nos encontramos con que la moda es no leer, ningunear a la
educación y la cultura, eso sí ticktokear y creerse todas las bolas
negacionistas habidas y por haber. En fin, no se da valor a la cultura y al
esfuerzo que costó que las personas humildes llegaran a tenerla.
En
recuerdo a esas personas que lucharon por saber, aunque su condición humilde no
se lo permitía, os dejo mi romance XII como microrrelato, titulado: El
privilegio, presentado en el III congreso de Escrivivir.
El Privilegio
Corría el año 1936, mi vida no era fácil para ser un niño. Mis padres vivían asalariados en una heredad, eran muy pobres. Los días transcurrían trabajando la tierra y con los quehaceres de la casa, yo por suerte solo ayudaba, aunque el trabajo era duro. Lo que más me reconfortaba, y aún tiene un lugar privilegiado en mis recuerdos: Era ver al abuelo sentado ante la lumbre contando historias que nos transportaban a otros mundos, a lugares desconocidos para nosotros. Esas historias me hacían sentir que podía volar, ser algo más que lo que la realidad me ofrecía, por ello me propuse firmemente que algún día aprendería a leer, y descubrir por mí mismo esos relatos que mi abuelo decía se encontraban en los libros, a los que por desgracia no podíamos acceder, en aquel tiempo y lugar. Mi empeño fue tan grande que al final pude conseguir que el amo de la heredad me dejara estudiar con su hijo y así aprendí primero a leer y luego a escribir. Por el tiempo me emborraché de lecturas una tras otra, hasta que mis manos inquietas empezaron a escribir esas historias que de mi mente deseaban salir.
Betty
Ryan


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